La nueva película de Janus Metz no arranca con una bomba: arranca con un aula de Harvard y una pregunta incómoda sobre hasta dónde puede llegar la ciencia con una mente brillante y vulnerable.
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¿Cuánto de lo que somos lo elegimos, y cuánto nos lo hicieron? Esa es la pregunta que late en el centro de Unabomber, la película de 2026 dirigida por el danés Janus Metz, y es también la razón por la que este thriller de crimen y drama psicológico incomoda mucho más de lo que promete en su premisa. Porque no es, en el fondo, una historia sobre bombas. Es una historia sobre lo que le hacemos a los jóvenes brillantes cuando decidimos tratarlos como material de laboratorio.
Ted Kaczynski entró a Harvard a los 16 años. Eso ya es de dominio público. Lo que Unabomber pone en el centro del relato es lo que algunos historiadores y biógrafos han señalado durante décadas: que entre 1959 y 1962, Kaczynski participó en una serie de experimentos psicológicos en esa universidad, diseñados para someter a los participantes a un estrés emocional intenso y sistemático. El film construye su argumento más provocador a partir de ahí: que hay una línea —torcida, no lineal, pero real— entre ese joven sometido a esos experimentos y el hombre que durante casi dos décadas envió bombas caseras a académicos, ejecutivos y aerolíneas, matando a tres personas e hiriendo a otras veintitrés.
Jacob Tremblay como la pieza que sostiene todo
La estructura narrativa alterna dos tiempos: el pasado de Kaczynski en Harvard y la investigación del FBI que décadas después intenta reconstruir su perfil. Russell Crowe encarna al agente que conduce esa pesquisa, y lo hace con la contención calculada que le conocemos en sus mejores trabajos: nada de gesticulación, todo de peso específico. Pero la apuesta más arriesgada del director Metz —conocido por trabajos como True Detective (temporada 1, donde fue director de episodios) y el documental Armadillo— es depositar en Jacob Tremblay la carga del joven Kaczynski. Y Tremblay, que lleva años demostrando que no fue un milagro de una sola vez en Room, vuelve a confirmar que tiene una capacidad poco común para habitar la fragilidad sin caer en la victimización fácil. Su versión de Ted no busca simpatía: busca algo más difícil, que es comprensión.
Shailene Woodley y Annabelle Wallis completan un reparto que rodea a los dos protagonistas temporales con personajes que funcionan como espejos o como catalizadores. Woodley, en particular, ha construido una carrera con personajes que caminan por bordes morales complejos, y aquí no desengarría ese registro. Alexander Ludwig aparece en un rol que el film usa para tensionar la investigación presente con preguntas que no tienen respuestas cómodas.
El verdadero thriller no está en las explosiones
Metz tiene la inteligencia de no convertir Unabomber en un procedural de acción. Con 101 minutos, el film no tiene tiempo que perder en espectáculo, y no lo hace. La tensión es de otro tipo: es la incomodidad de ver cómo una institución del saber puede deshumanizar metódicamente a quien se supone debe formar. Hay algo perturbador en la forma en que la película muestra el entorno académico de élite como un ecosistema que puede producir tanto genialidad como ruptura, y que rara vez distingue entre ambas cuando le conviene ignorarlo.
El puntaje de 7.2 en TMDB al momento de su estreno refleja una recepción que reconoce la solidez del proyecto sin desbordarse en elogios. Es una puntuación honesta para una película que no aspira a ser un fenómeno de masas, sino un drama de ideas con nervio cinematográfico. No es perfecta —hay momentos en que el guion se apoya demasiado en la convención del genre para cerrar arcos que merecían más ambigüedad— pero sus aciertos pesan más que sus tropiezos.
Lo que Unabomber logra, en definitiva, es algo que pocas películas sobre asesinos reales consiguen: no absolver, no condenar, sino instalar una duda que se queda después de los créditos. La pregunta de si Ted Kaczynski hubiera sido Ted Kaczynski sin Harvard no tiene respuesta posible, pero el mérito del film es que te fuerza a hacértela en serio. En Playzy la tenés disponible para verla a tu ritmo, y es exactamente el tipo de película que gana con una segunda vuelta.
