La revuelta que Inglaterra no quiere recordar: Greengrass lleva la peste y la rabia al siglo XIV
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La revuelta que Inglaterra no quiere recordar: Greengrass lleva la peste y la rabia al siglo XIV

30 de septiembre de 20264 min de lectura91 lecturas
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Paul Greengrass abandona los thrillers contemporáneos para sumergirse en la Inglaterra medieval y filmar una rebelión campesina con la misma urgencia que un documental de guerra. El resultado es incómodo, poderoso y muy necesario.

¿Qué pasa cuando el director que capturó el caos del 11-S en United 93 y la brutalidad del Domingo Sangriento en Bloody Sunday decide viajar al siglo XIV? La respuesta no es una película de época decorativa con castillos relucientes y actores en trajes de terciopelo. Es barro, fiebre, hambre y una rabia que se acumula durante toda la duración del filme hasta que explota de una manera que se siente completamente inevitable. El hombre que desafió al rey —título original The Uprising— llegó en 2026 con la firma inconfundible de Paul Greengrass y con una premisa que, cuanto más la pensás, más actual se vuelve: un campesino sin nombre que se convierte en símbolo de resistencia sin haberlo buscado nunca.

El punto de partida histórico es real y sorprendentemente poco explorado en el cine: la Rebelión Campesina de 1381, uno de los levantamientos populares más significativos de la historia medieval inglesa, ocurrido durante el reinado de Ricardo II. Una Inglaterra devastada por sucesivas oleadas de peste, con una población diezmada y una clase noble que seguía cobrando impuestos como si nada hubiera cambiado. Greengrass toma ese material y lo trabaja con la metodología que lo hizo célebre: cámara en mano, edición nerviosa, actuaciones que huyen del patetismo teatral. La sensación no es la de estar viendo una reconstrucción histórica. Es la de estar ahí, con el barro hasta los tobillos.

Andrew Garfield en el rol que le faltaba

Andrew Garfield carga con el peso central de la película y lo hace con una contención que resulta admirable. Su personaje —el campesino que desencadena sin quererlo una rebelión que lo supera— no es un héroe clásico ni un mártir construido para inspirar. Es alguien que reacciona, que duda, que tiene miedo y que aun así sigue adelante porque retroceder ya no es una opción. Garfield lleva años demostrando que puede sostener películas enteras con una sola mirada (Silence, Tick, Tick… Boom!), y acá lo vuelve a hacer, pero en un registro más físico, más agotado, menos poético. Jamie Bell, que viene de una trayectoria que arrancó hace más de dos décadas con Billy Elliot y que jamás dejó de sorprender, aparece en un rol secundario que en las manos de otro actor pasaría desapercibido y en las suyas se convierte en uno de los momentos más memorables del filme.

El reparto se completa con Stephen Dillane como el representante de la corona —frío, calculador, convencido de que el orden social es una ley natural—, Tom Hollander en un papel que transita entre la complicidad y la traición, y el joven Woody Norman, que ya había demostrado en C'mon C'mon que tiene una presencia pantallera fuera de lo común. Greengrass sabe usar a cada uno en su justa medida: no hay actuaciones desperdiciadas ni personajes decorativos.

El peso real de la historia medieval

Lo que distingue a El hombre que desafió al rey de otros dramas históricos recientes es que Greengrass no romantiza la pobreza ni convierte el sufrimiento en estética. La peste no es un telón de fondo pintoresco: es una presencia constante que determina cada decisión de cada personaje. La duración de 127 minutos se siente justa, sin los alargamientos habituales del género, y el ritmo sube de forma orgánica desde un primer acto casi documental hacia un clímax que tiene más en común con el cine de acción político contemporáneo que con las epopeyas medievales de Hollywood.

Con un puntaje de 7.7 sobre 10 en TMDB, la película generó consenso entre el público que la vio, aunque no es del tipo de filme que busca la aprobación masiva. Es densa, incómoda en varios momentos, y no ofrece la catarsis limpia que suele esperarse de este tipo de historias. Ricardo II no cae de forma gloriosa; el campesino no triunfa de forma inequívoca. Lo que queda es algo más turbio y más honesto: la sensación de que las rebeliones rara vez terminan como quienes las inician esperaban, y que eso no las hace menos necesarias.

Si alguna vez te preguntaste cómo habría filmado Greengrass la Revolución Francesa o la rebelión de Espartaco, El hombre que desafió al rey es la respuesta más cercana que vas a encontrar. Una película que usa el pasado para hacer preguntas sobre el presente sin necesidad de subrayarlas. La tenés completa en Playzy.